miércoles, 1 de junio de 2011

Chinatown, Bangkok


Fuimos al Chinatown de Bangkok con la intención de perdernos en los callejones estrechos que arman laberintos y vivir a full la experiencia del mercado: algo así como una visita pre-viaje a China, un destino al que le tenemos muchas ganas. Si Bangkok es caótico, su barrio chino es el "opaitema", como diría mi familia paraguaya. Tanto es así, que caminando en medio de la multitud por callecitas estrechas, casi encima de los productos que se ofrecen en negocios, apoyados en las paredes exteriores de los mismos  y en el piso por los comerciantes callejeros, o en puestitos ambulantes que de repente aparecen de la nada a todo lo que da, tocando una campanita, como si fueran ambulancias a las que hay que dejar pasar- a veces aplastándose contra una pared o pisando alguna remera en oferta, nos sentimos en otro mundo, descolocados y aturdidos.

Apenas llegamos Joaco se quiso ir, después hasta compró allá una mochila para el colegio. Se fue acostumbrando de a poco a lo distinto. De esto se trató el viaje en definitiva, de acostumbrarnos a lo desconocido, fue una apertura que se construyó despacio, pero firme. Fue un mes que pareció un año de aparatos dentales intensivos, que finalmente lograron abrir el paladar.

Hubo que cambiar la costumbre de nuestros sentidos en profundidad. La vista tuvo que adaptarse al desorden caótico, que para ellos no es tal, porque saben dónde está cada cosa cuando uno se las pide. La sensación de vacío que me provocaban los carteles con caracteres thai sin traducción al inglés, fue disminuyendo con el correr de las semanas, hasta que me fueron totalmente indiferentes. El olfato se acomodó  a aromas que al comienzo nos resultaban nauseabundos y después se hicieron por lo menos soportables y algunos hasta pintorescos.

La diferencia entre antes y después de Tailandia, es poder entrar al supermercado chino de Belgrano, sin contener la respiración. También el gusto fue modificándose. Al final del viaje los chicos pedían salsa de chile para acompañar el pescado y siguieron así hasta hoy. Y yo conseguí terminar las sopas de curry rojo o verde que me pedía obstinadamente. Me saltaban las lágrimas, las fosas nasales y la garganta se incendiaban y me hacían un peeling interno que me limpiaba por dentro, pero igual me encantaba.

En el Chinatown visitamos un templo budista chino con grandes escalinatas y un Buda dorado. En una terraza a la entrada del templo, se ofrecía un juego al que se prendieron los chicos: tirar monedas a un gran cacharro de hierro desde una distancia considerable; nos divirtió la forma de dar ofrendas.

También en este templo nos pasó algo gracioso: nos paró un hombre (chino, como todos los que estaban allá, menos nosotros), y nos pidió una foto, con señas. Yo quería tomar su aparato para hacerle la foto que me pedía, pero resultó que lo que él quería era sacar una foto nuestra. Así, como nos había pasado con Marce en Egipto años atrás, nos volvimos a sentir camellos.

lunes, 16 de mayo de 2011

Casa de Jim Thompson, Bangkok



Antes de ir a Bangkok, no tenía idea de quién era Jim Thompson. Lo llaman "el padre de la seda". Este norteamericano, ex espía de la CIA, algo así como un James Bond o Cocodrilo Dundee de la realidad, se mudó a Tailandia después de la segunda Guerra Mundial y convirtió la  artesanía tradicional de la seda en una industria de exportación que lo hizo millonario.  Lo interesante de Jim Thompson es que se enamoró del país y construyó una casa tradicional tailandesa, con partes de casas típicas, traídas de distintas regiones de Tailandia, que fueron rearmadas y engarzadas en Bangkok.
Llegamos hasta la casa en el sky train, como auténticos thai. Tuvimos que caminar unas pocas cuadras desde la estación y en el camino compramos algo de fruta de un vendendor ambulante, con los brazos íntegramente tatuados. Cortaba la fruta, la ponía en una bolsita de polietileno con un par de palillos de brochette, que se usan como tenedores. 
La casa, que es más bien una mansión, está a orillas de un canal afluente del Chao Praya y en el medio de una vegetación bastante selvática para encontrarse en plena urbe. Está llena de turistas, hay guiadas incluídas en la entrada en diferentes idiomas (inglés, francés y thai) y tiene un restaurant muy coqueto en el que se puede almorzar.
La guía, que se fascinó con los rulos de Josefina, nos contó sobre las paredes de la casa. Los tailandeses colocaban los paneles de madera teka de las paredes con sus dibujos tallados hacia afuera, para que ser apreciados (y envidiados!!) por los vecinos. Thompson prefirió disfrutarlos él mismo, colocándolos al revés, con el trabajo tallado hacia adentro.
En el interior hay colecciones de porcelanas antiguas, juegos de té,muebles de teka, por supuesto mucha seda,  puertas con marcos en todo su contorno, provocando un escalón para pasar de habitación a habitación.  Nos reímos evitando tocar el escalón, porque, según los thai, tocarlo trae mala suerte.
También vimos en las habitaciones la escupidera, donde hacen pis a la noche, para no tener que ir hasta el baño que, en general, queda fuera de la casa. Esta es una costumbre muy arraigada en la cultura, que todavía se practica, sobre todo con los chicos. En el caso de Jim, como era rico, se dio el lujo de construir un baño dentro de la casa.
Nunca se supo si siguió trabajando para la CIA en secreto, por esto cuando desapareció en Malasia, mientras estaba de vacaciones en 1967, se desataron mil conjeturas y todavía hoy sigue siendo un misterio. Nuestra guía no cree que haya sido la CIA, o un ajuste de cuentas, o un crimen pasional. Dijo que lo más probable es que lo haya matado un tigre salvaje durante una de sus excursiones de caza.
Ahora la casa es propiedad de la empresa de exportación textil que fundó Thompson, pero está a cargo  de la Reina de Tailandia, que personalmente supervisa su cuidado y protección. Por supuesto, hay una foto de ella en una de las habitaciones.
A la salida de la casa, en vez del típico gift shop, hay un negocio de venta de seda, mucho más caro que si compramos en el Chatuchak o en algún mercadito, pero muy bien puesto y con algunas cosas muy originales.

martes, 26 de abril de 2011

Otros Templos que sí o sí hay que visitar en Bangkok

El Wat Pho, detrás del Gran Palacio, es otro de los templos que no se puede dejar de ver en Bangkok.
Es espectacular hacerlo en combo: ir primero al Gran Palacio y después al Wat Pho caminando por una calle con uno de los tantos "mercados al paso", lleno de chucherías más para locales que para turistas (revistas, monedas y figuras de Buda hechas en madera que van a encontrar hasta en la sopa, puestitos de comida,unos pares de zapatos usados, unas nike usadas, más comida indescifrable, olores indeseados, etc., etc.).
Como siempre que llegamos a un templo, entramos y cambia la atmósfera. Todo es tranquilo, a pesar de la cantidad de gente, que igualmente es mucho menor a la que va al Gran Palacio. El famoso Buda recostado de 46 metros de largo y 15 metros de altura me recordó a un gran pájaro dorado enjaulado. El Templo que lo contiene es apenas más grande que él, solo hay espacio para caminar por un pasillo angosto a ambos lados, pero se pierde la perspectiva que se podría tener en un lugar más abierto. La figura de Buda es impresionante de todos modos, por su tamaño, su expresión y el dorado. Hay en el pasillo que da la espalda a Buda hay unas vasijas de hierro negras en la que la gente arroja monedas de una en una, lo cual genera un tintineo continuo de fondo que le agrega misticismo al lugar.
Justo al lado de este templo, con acceso directo desde ahí, hay una escuela de medicina tradicional y de masajes. No encontré dónde podíamos contratar el servicio de masajes (la guía decía que a muy buen precio allá mismo), pero sí nos cruzamos con varios monjes con pinta de estudiantes.
Otro Templo que se veía increíble desde el río era el Wat Arun o Templo del Amanecer. Tiene una torre (Prang) del período Khmer, parecido a lo que vi en fotos de los templos de Camboya. Quise llevar a mi tribu, pero los chicos se me negaron rotundamente; tenían sobredosis de templos.

lunes, 18 de abril de 2011

Ayutthaya, antigua capital de Siam



¿Por qué fuimos a Ayutthaya cuando nos quedaban aún tantos lugares para recorrer en Bangkok? 
Ayutthaya fue la capital de Tailandia, cuando tenía el nombre mucho más misterioso de Reino de Siam,  desde 1350 hasta 1767. Fue la capital comercial del mundo en su época de esplendor. Era conocida como la "Venecia de Oriente". En ella confluían tres ríos y el tráfico comercial entre Oriente y Occidente estaba concentrado en la ciudad. Por supuesto, era una ciudad riquísima, opulenta - época de imperios-  y la arquitectura era de lo más adelantado para la época.
En 1767 mientras expulsaban de América a los jesuitas, los birmanos invadían Ayutthaya, incendiando palacios y templos y dejándola totalmente en ruinas.
Hoy la ciudad es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, las ruinas le dan un sabor amargo, pero vale la pena verla. Si lo hiciera de nuevo, me gustaría encontrar un guía de los buenos, los que te hacen revivir el pasado.
¿Cómo fuimos?
Había leído que lo que más convenía era ir a Ayuthaya en tren y regresar en barco a Bangkok por la tarde cuando caía el sol, así que salimos temprano a la estación de tren de Hualampong con ese objetivo. Pero como siempre que se viaja independiente, los caminos se bifurcan. Apenas llegamos, a la entrada de la estación nos recibieron unos tailandeses muy simpáticos que estaban en un mostrador supuestamente oficial que decía algo así como Tourism Information o Assistance. Nos preguntaron a donde íbamos y hasta nos acompañaron a la boletería, todo con su eterna sonrisa thai. Hablaron con el empleado de la boletería y con Marce comentábamos, "mirá qué amables, lógico, esto lo hacen porque el hombre no debe hablar nada de inglés". Hete aquí que nos dice muy amablemente que ya no había boletos de tren y que teníamos que esperar una hora y media para el próximo donde viajaríamos parados durante 2 horas, porque era el Día de Buda. El boleto de tren salía algo así como U$20 para los cuatro. Hacía unos 36 grados y eran las 9:30hs. de la mañana. Pero nuestro salvador tenía una alternativa para ofrecernos: nos llevó hasta una agencia de viajes donde nos ofrecieron por U$150 a un taxista que nos llevaría a recorrer Ayutthaya ("better for the children, too long to walk, very hot") y los fundamentos nos convencieron. Quedaba el tema del precio; después de regatear un rato quedamos en U$100.

Tomando todo en cuenta, el taxi es la mejor opción por la comodidad que te da, pero te quita algo esencial: libertad. Por supuesto que podíamos decirle al taxista dónde ir y dónde no, pero tendríamos que haber planeado nosotros mejor el itinerario de antemano. Lo que realmente pasó fue que él nos llevó a cada uno de los palacios y ruinas y a un paseo en elefante alrededor de ruinas que fue la turisteada más grande en la que caímos (nos pedían U$80 por pax por ir en elefante, lo bajamos a $80 para los cuatro y aún así, fue un afano). Consistía en una vuelta a la manzana en un lugar sucio, árido, lleno de polvo, buses turísticos y una pobre torre perdida- las ruinas- en el medio. Ok, sirvió para la foto, pero nos dio mucha pena por los elefantes.  Por favor, no vayan!!! Por lo que leí hay otros lugares, llamados santuarios de elefantes, que los cuidan mucho mejor... lástima habernos cruzado con este lugar.

El taxista, que tenía un reproductor de DVD portátil, nos mostraba videítos de las distintas manifestaciones políticas, con incidentes violentos al mejor estilo Madonna Quirós en el acto del PJ hace cinco años. Hay dos facciones políticas: un partido militar y otro más democrático. Mientras estuvimos en Tailandia había tensiones entre ambos y algunas manifestaciones, pero sin violencia como  sí había habido un año atrás.
Debido al feriado del Día de Buda, las ruinas de templos y palacios estaban llenas de gente. Llevaban o compraban ofrendas, en formas de guirnaldas de flores naturales, sahumerios o, lo que más nos llamó la atención, unos papelitos dorados que pegaban sobre imágenes de Buda, hasta convertir en dorada una estatua de piedra blanca. También en uno de los Templos dejaban billetes enganchados en una estructura que terminaba formando una especie de bola o árbol del dinero.


También nuestro amigo nos llevó a un restaurant frente al río, con vista a una iglesia católica, St. Joseph's Church, la primera iglesia católica en Tailandia construida hacia 1660. La iglesia, con un estilo parecido a la Iglesia del Pilar, parece totalmente fuera de lugar, pero es singular justamente por eso. El restaurant dejaba bastante que desear y no era nada barato.


Después de almorzar  visitamos algunos antiguos Wats (Templos) más, pasamos por un mercado al paso con un hedor imposible, nos volvimos a morir de calor y después de frío cada vez que entrábamos al taxi, jugamos a las escondidas para entretener a los chicos que ya no podían más y terminamos volviendo a Bangkok salteando dos de las ruinas previstas, porque nos terminó ganando el calor y el cansancio.

martes, 5 de abril de 2011

Compras, compras, compras



Lo genial de Bangkok, además de los precios, son los horarios en los que se puede comprar. En el mercado al aire libre en la calle Kao San Road  se puede comprar de día y también de noche. Además de este, hay muchos mercados nocturnos; Patpong, Klong Thom y algunos otros que no riman. El tema es que uno está por pocos días en la ciudad y no da para visitarlos todos.

El MBK es el shopping que tiene mejor precio y en el quinto piso, una especie de feria de electrónicos. Uno pasa por cientos de stands, apiñados unos contra otros. Como en todos los lugares en Tailandia, hay que regatear hasta el hartazgo, pero siempre con una sonrisa, como ellos. En cuanto a los precios de los electrónicos, diría que son mucho más baratos que en Argentina, pero más o menos el mismo precio que en Miami.
 La ropa sí tiene precios increíbles y cuanto más se compra en un mismo lugar, mayor es la rebaja.

Pero si tuviera que elegir UN lugar para comprar sería el mercado de Chatuchak de fin de semana. Una contra es que solo abre los sábados y domingos, pero si llego a volver a Bangkok, planearía el viaje de modo de estar allá en estos días para visitarlo. Hay de todo, desde artículos de decoración, flores, comidas, libros hasta ropa, zapatillas, accesorios, ropa nueva y usada. Vale muchísimo la pena, no solo porque se consiguen cosas que en ningún lado están, más las que están en todas partes, pero acá mucho más baratas, sino porque es una experiencia cultural en sí mismo. Este mercado es una de las salidas de fin de semana de los tailandeses, está llenísimo de gente- ojo los claustrofóbicos- y  es gigante.

Se llega muy fácilmente con el sky train hasta la estación Mo Chit.  En la entrada, se puede pedir un mapa que muestra las 24 secciones y los 8.000 puestos que tiene el mercado. Un buen consejo es ir bien cómodos, con zapatillas, una botella de agua mineral y algo práctico como para llevar las compras. Nosotros llevamos el bolso de mano vacío con rueditas y diría que aumentó nuestro comfort en un 100%.

Los puestitos de comida que hay dentro del mercado tienen buena calidad. Jose comió com seis brochettes de cerdo, todo un récord! Nosotros probamos un helado de coco en su cáscara riquísimo.

Ojo! A Marce le quisieron robar, algo inédito en un país tan tranquilo en el aspecto de la seguridad. Eran carteristas adolescentes, y no demasiado avispados. Un chico y dos chicas lo rodearon, pero él se dio cuenta enseguida cuando sintió movimientos alrededor de su cintura. Los espantó gritando un poco ("eh! eh!"), caminó hacia adelante y se dio cuenta que ya le habían abierto el cierre de la riñonera, pero no consiguieron sacar nada

miércoles, 30 de marzo de 2011

El Gran Palacio, Bangkok


El Gran Palacio Real me conmovió. No soy de conmoverme con las obras arquitectónicas, mucho menos si son grandilocuentes como lo es este conjunto de templos y palacios. Tal vez fue el calor chicloso de más de 35 grados que hacía en la supuesta temporada "fría",  el paseo en barco por el río Chao Praya que hicimos para llegar- guiados por un thai cuyo inglés era más indescifrable que el chino- , el caos del tránsito mientras caminábamos, esquivando a conductores de tuk tuks que nos ofrecían un paseo por la ciudad por la increíble suma de 10 Bahts, unos 30 centavos de dólar (folklórica estafa que consiste en llevar a los turistas a negocios donde ellos cobran comisión). No sé si fue algo de eso, pero lo cierto es que el ambiente una vez pasada la entrada al Palacio - a pesar de los turistas, pero gracias a los visitantes thai y los monjes que peregrinan hasta allá-  me llegó especialmente.

Para visitar todos los templos, pero especialmente el Palacio Real, es importante llevar pantalones o pollera larga y remeras con los hombros cubiertos. Vimos a un par de turistas con unos pantalones de plástico espantosos, que encima tuvieron que alquilar; lo más práctico son esos pantalones con cierres que llevó Marce, que se convierten mágicamente en bermudas al salir del templo, en una versión recatada de "The full Monty".

El Wat Phra Kaew, uno de los templos del Palacio Real, está considerado el lugar más sagrado de Tailandia, porque contiene al Buda Esmeralda. Es cierto que esta imagen de Buda,  en lo alto de un pedestal, mide solo 70 centímetros y es de jade y no esmeralda. Sin embargo, su presencia es fuerte. Tiene unas ropas de oro que el mismo Rey de Tailandia cambia tres veces al año, al comienzo de cada estación: la fría, la cálida y la de lluvias.

Nos sacamos los zapatos para entrar y nos sentamos a la manera de sirena, con los pies hacia atrás y tapados por la ropa, para no ofender a Buda. Los tailandeses consideran que los pies son la parte "sucia" del cuerpo, así como lo más sagrado es la cabeza. Una vez dentro y relajados, les conté a los chicos la historia del príncipe Siddharta, su transformación en monje y después en Buda. Me apoyé en  los detalles de "Buda" de Chopra, que había leído  antes de viajar. Los chicos y hasta Marce, se quedaron como en trance, escuchando durante más de cuarenta minutos, fascinados por la historia. Y yo sentí una omnipresencia que hablaba por mí, con una parsimonia y una paz que me prestaron.  "Creer o reventar", como diría mi tía Elvirita.

En cada Templo en el que entramos, nos quedamos un rato y nos fue penetrando la paz que había dentro.  Para racionalizar un poco nada más, diría que ayudó mucho el clima. Afuera, un calor que quemaba la piel. Dentro de los templos estaba fresco, ayudada la arquitectura  por algún que otro ventilador de pie.  La imagen de Buda  también tranquiliza. Al rostro pacífico se le unen las diferentes posiciones del cuerpo. Mis preferidas son la de meditación, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados y las palmas de las manos hacia arriba. Parece estar durmiendo y sin embargo, alerta. La segunda la posición  es la que de pie,  con una palma abierta hacia abajo, y otra abierta hacia arriba, con la que detiene con las manos todo lo malo. (Se podrá detener todo lo malo? Tal vez meditando?).

Repetimos a veces el cliché de que los viajes son la mejor inversión, porque son experiencias que enriquecen. Siempre traemos con nosotros algo nuevo de los viajes que empieza a formar parte de nosotros mismos. Con Marce empezamos a hacer yoga en un centro de ananda yoga en Buenos Aires. El yoga que practican es espectacular, salimos de la clase literalmente pisando algodones. En la entrada hay imágenes de todo, como en botica: está Buda, pero también está Vishnú, Jesús, la Virgen y hasta Saibaba. Creo que si no hubiera viajado a Tailandia, no podría comulgar con tantos santos juntos.

domingo, 27 de marzo de 2011

Llegamos a Tailandia!



Bangkok nos recibió así: en un mostrador oficial del aeropuerto contratamos un taxi, mostrando antes nuestro equipaje, que constaba en ese momento de 2 valijas grandes y rígidas, 2 bolsos, más las mochilas de los cuatro y mi cartera. Nos señalaron a un taxista simpático, que abrió su baúl, casi lleno con un bolso propio y un gran tanque de gas. A primera vista se veía que era imposible que entren todos nuestros bultos. Sin embargo, empezamos con la primera lección oriental, aunque sea una versión libre de un salmo católico: "nada te turbe, nada te espante, todo es posible cuando hay voluntad". Después de varios (y recalco "varios") intentos, se resignó a no poder meter ninguna de las dos valijas en el baúl. No sé cómo consiguió meter los bolsos, las mochilas y mi cartera, ya eso era casi un milagro budista. Quedaba el temita de las dos valijas. Marce y yo lo mirábamos con cara de interrogación, como personajes de dibujitos animados.. Y terminó metiendo una valija en el asiento delantero (las dos no entraban), nosotros cuatro amontonados atrás junto con la otra valija a los pies de los chicos. Convertido el taxi en una lata de sardinas, nos sonrió por sexta vez, satisfecho con su obra maestra, y echó a andar el taxi, sin encender el taxímetro. Le pedí según rezaba la "Lonely Planet" de Tailandia: "Meter, please". Me sonrió sin estirar la mano hacia el taxímetro. Después de dos "meter, please" más, se resignó a encenderlo, sin perder la sonrisa.
Llegamos al hotel que había reservado por internet, Pantip Court Suites. Resultó ser un hotel de los setenta (ochenta mirándolo con cariño), un poco venido a menos, pero con una ubicación espectacular y una pileta gigante con forma de L, la más grande que vi en un hotel que no sea all inclusive. Si lo que buscan es onda una onda lounge, olvídense de este hotel. Pero en cuanto a comodidades y espacio (más de 100 mts2 de habitación), no tiene comparación. Al llegar nos encontramos con una habitación en suite, con un living gigante, pero UNA sola cama. Gigante, sí, king-size, sí, pero una sola para los cuatro. Bajamos a Recepción, le explicamos a la tailandesa muy correcta y simpática, que habíamos reservado una habitación para cuatro personas, pero que encontramos una sola cama. Nos dijo que por camas adicionales había que pagar; el precio era una barbaridad, considerando lo que habíamos pagado por la habitación. La mujer sonreía, pero no nos daba ninguna explicación ni solución. Había un sofá en el living en el que podría dormir Joaco y dos silloncitos en los que se me ocurrió que juntándolos entraría Josefina. Le pedí si nos podría traer ropa de cama para armar dos camas más y me dijo que sí, y lo resolvimos así. Los chicos estuvieron cómodos, la suite era más de lo que precisábamos, una terraza espectacular con vista a las luces de Bangkok y una cocina completa, donde cenamos un par de veces a la noche.
Al día siguiente nos tomamos el sky train. Este tren aéreo que recorre una distancia considerable dentro de la ciudad, parece salido de otro lugar. Mientras abajo el tránsito es caótico, donde prima la ley del más fuerte o el más vivo, con taxis, autos, camiones, tuk tuks y hasta algún que otro elefante perdido, arriba la gente viaja como si viviera en Singapur, mientras conversa o juega con sus iphones, ipads o iphones nuevos o mira la tele en los plasmas dispuestos en las estaciones. En una de ellas vimos una publicidad de remedio para la tos. La mamá estaba un poco resfriada. Estaba en la cama y se despertaba con su propia tos. Al mismo tiempo se despertaban el padre, el hijo y la hija, porque estaban los cuatro durmiendo en la misma cama king! Empezamos a sospechar y después lo corroboramos con un taxista: en Tailandia, así como en Singapur y supongo que en varios lugares de Asia, es normal que los padres duerman con sus hijos hasta la pubertad! Sé que para muchas mamás argentinas este dato puede ser liberador, sin embargo recuerden que en estos países el promedio de hijos es de uno por matrimonio.