miércoles, 30 de marzo de 2011

El Gran Palacio, Bangkok


El Gran Palacio Real me conmovió. No soy de conmoverme con las obras arquitectónicas, mucho menos si son grandilocuentes como lo es este conjunto de templos y palacios. Tal vez fue el calor chicloso de más de 35 grados que hacía en la supuesta temporada "fría",  el paseo en barco por el río Chao Praya que hicimos para llegar- guiados por un thai cuyo inglés era más indescifrable que el chino- , el caos del tránsito mientras caminábamos, esquivando a conductores de tuk tuks que nos ofrecían un paseo por la ciudad por la increíble suma de 10 Bahts, unos 30 centavos de dólar (folklórica estafa que consiste en llevar a los turistas a negocios donde ellos cobran comisión). No sé si fue algo de eso, pero lo cierto es que el ambiente una vez pasada la entrada al Palacio - a pesar de los turistas, pero gracias a los visitantes thai y los monjes que peregrinan hasta allá-  me llegó especialmente.

Para visitar todos los templos, pero especialmente el Palacio Real, es importante llevar pantalones o pollera larga y remeras con los hombros cubiertos. Vimos a un par de turistas con unos pantalones de plástico espantosos, que encima tuvieron que alquilar; lo más práctico son esos pantalones con cierres que llevó Marce, que se convierten mágicamente en bermudas al salir del templo, en una versión recatada de "The full Monty".

El Wat Phra Kaew, uno de los templos del Palacio Real, está considerado el lugar más sagrado de Tailandia, porque contiene al Buda Esmeralda. Es cierto que esta imagen de Buda,  en lo alto de un pedestal, mide solo 70 centímetros y es de jade y no esmeralda. Sin embargo, su presencia es fuerte. Tiene unas ropas de oro que el mismo Rey de Tailandia cambia tres veces al año, al comienzo de cada estación: la fría, la cálida y la de lluvias.

Nos sacamos los zapatos para entrar y nos sentamos a la manera de sirena, con los pies hacia atrás y tapados por la ropa, para no ofender a Buda. Los tailandeses consideran que los pies son la parte "sucia" del cuerpo, así como lo más sagrado es la cabeza. Una vez dentro y relajados, les conté a los chicos la historia del príncipe Siddharta, su transformación en monje y después en Buda. Me apoyé en  los detalles de "Buda" de Chopra, que había leído  antes de viajar. Los chicos y hasta Marce, se quedaron como en trance, escuchando durante más de cuarenta minutos, fascinados por la historia. Y yo sentí una omnipresencia que hablaba por mí, con una parsimonia y una paz que me prestaron.  "Creer o reventar", como diría mi tía Elvirita.

En cada Templo en el que entramos, nos quedamos un rato y nos fue penetrando la paz que había dentro.  Para racionalizar un poco nada más, diría que ayudó mucho el clima. Afuera, un calor que quemaba la piel. Dentro de los templos estaba fresco, ayudada la arquitectura  por algún que otro ventilador de pie.  La imagen de Buda  también tranquiliza. Al rostro pacífico se le unen las diferentes posiciones del cuerpo. Mis preferidas son la de meditación, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados y las palmas de las manos hacia arriba. Parece estar durmiendo y sin embargo, alerta. La segunda la posición  es la que de pie,  con una palma abierta hacia abajo, y otra abierta hacia arriba, con la que detiene con las manos todo lo malo. (Se podrá detener todo lo malo? Tal vez meditando?).

Repetimos a veces el cliché de que los viajes son la mejor inversión, porque son experiencias que enriquecen. Siempre traemos con nosotros algo nuevo de los viajes que empieza a formar parte de nosotros mismos. Con Marce empezamos a hacer yoga en un centro de ananda yoga en Buenos Aires. El yoga que practican es espectacular, salimos de la clase literalmente pisando algodones. En la entrada hay imágenes de todo, como en botica: está Buda, pero también está Vishnú, Jesús, la Virgen y hasta Saibaba. Creo que si no hubiera viajado a Tailandia, no podría comulgar con tantos santos juntos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario