miércoles, 30 de marzo de 2011
El Gran Palacio, Bangkok
El Gran Palacio Real me conmovió. No soy de conmoverme con las obras arquitectónicas, mucho menos si son grandilocuentes como lo es este conjunto de templos y palacios. Tal vez fue el calor chicloso de más de 35 grados que hacía en la supuesta temporada "fría", el paseo en barco por el río Chao Praya que hicimos para llegar- guiados por un thai cuyo inglés era más indescifrable que el chino- , el caos del tránsito mientras caminábamos, esquivando a conductores de tuk tuks que nos ofrecían un paseo por la ciudad por la increíble suma de 10 Bahts, unos 30 centavos de dólar (folklórica estafa que consiste en llevar a los turistas a negocios donde ellos cobran comisión). No sé si fue algo de eso, pero lo cierto es que el ambiente una vez pasada la entrada al Palacio - a pesar de los turistas, pero gracias a los visitantes thai y los monjes que peregrinan hasta allá- me llegó especialmente.
Para visitar todos los templos, pero especialmente el Palacio Real, es importante llevar pantalones o pollera larga y remeras con los hombros cubiertos. Vimos a un par de turistas con unos pantalones de plástico espantosos, que encima tuvieron que alquilar; lo más práctico son esos pantalones con cierres que llevó Marce, que se convierten mágicamente en bermudas al salir del templo, en una versión recatada de "The full Monty".
El Wat Phra Kaew, uno de los templos del Palacio Real, está considerado el lugar más sagrado de Tailandia, porque contiene al Buda Esmeralda. Es cierto que esta imagen de Buda, en lo alto de un pedestal, mide solo 70 centímetros y es de jade y no esmeralda. Sin embargo, su presencia es fuerte. Tiene unas ropas de oro que el mismo Rey de Tailandia cambia tres veces al año, al comienzo de cada estación: la fría, la cálida y la de lluvias.
Nos sacamos los zapatos para entrar y nos sentamos a la manera de sirena, con los pies hacia atrás y tapados por la ropa, para no ofender a Buda. Los tailandeses consideran que los pies son la parte "sucia" del cuerpo, así como lo más sagrado es la cabeza. Una vez dentro y relajados, les conté a los chicos la historia del príncipe Siddharta, su transformación en monje y después en Buda. Me apoyé en los detalles de "Buda" de Chopra, que había leído antes de viajar. Los chicos y hasta Marce, se quedaron como en trance, escuchando durante más de cuarenta minutos, fascinados por la historia. Y yo sentí una omnipresencia que hablaba por mí, con una parsimonia y una paz que me prestaron. "Creer o reventar", como diría mi tía Elvirita.
En cada Templo en el que entramos, nos quedamos un rato y nos fue penetrando la paz que había dentro. Para racionalizar un poco nada más, diría que ayudó mucho el clima. Afuera, un calor que quemaba la piel. Dentro de los templos estaba fresco, ayudada la arquitectura por algún que otro ventilador de pie. La imagen de Buda también tranquiliza. Al rostro pacífico se le unen las diferentes posiciones del cuerpo. Mis preferidas son la de meditación, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados y las palmas de las manos hacia arriba. Parece estar durmiendo y sin embargo, alerta. La segunda la posición es la que de pie, con una palma abierta hacia abajo, y otra abierta hacia arriba, con la que detiene con las manos todo lo malo. (Se podrá detener todo lo malo? Tal vez meditando?).
Repetimos a veces el cliché de que los viajes son la mejor inversión, porque son experiencias que enriquecen. Siempre traemos con nosotros algo nuevo de los viajes que empieza a formar parte de nosotros mismos. Con Marce empezamos a hacer yoga en un centro de ananda yoga en Buenos Aires. El yoga que practican es espectacular, salimos de la clase literalmente pisando algodones. En la entrada hay imágenes de todo, como en botica: está Buda, pero también está Vishnú, Jesús, la Virgen y hasta Saibaba. Creo que si no hubiera viajado a Tailandia, no podría comulgar con tantos santos juntos.
domingo, 27 de marzo de 2011
Llegamos a Tailandia!
Bangkok nos recibió así: en un mostrador oficial del aeropuerto contratamos un taxi, mostrando antes nuestro equipaje, que constaba en ese momento de 2 valijas grandes y rígidas, 2 bolsos, más las mochilas de los cuatro y mi cartera. Nos señalaron a un taxista simpático, que abrió su baúl, casi lleno con un bolso propio y un gran tanque de gas. A primera vista se veía que era imposible que entren todos nuestros bultos. Sin embargo, empezamos con la primera lección oriental, aunque sea una versión libre de un salmo católico: "nada te turbe, nada te espante, todo es posible cuando hay voluntad". Después de varios (y recalco "varios") intentos, se resignó a no poder meter ninguna de las dos valijas en el baúl. No sé cómo consiguió meter los bolsos, las mochilas y mi cartera, ya eso era casi un milagro budista. Quedaba el temita de las dos valijas. Marce y yo lo mirábamos con cara de interrogación, como personajes de dibujitos animados.. Y terminó metiendo una valija en el asiento delantero (las dos no entraban), nosotros cuatro amontonados atrás junto con la otra valija a los pies de los chicos. Convertido el taxi en una lata de sardinas, nos sonrió por sexta vez, satisfecho con su obra maestra, y echó a andar el taxi, sin encender el taxímetro. Le pedí según rezaba la "Lonely Planet" de Tailandia: "Meter, please". Me sonrió sin estirar la mano hacia el taxímetro. Después de dos "meter, please" más, se resignó a encenderlo, sin perder la sonrisa.
Llegamos al hotel que había reservado por internet, Pantip Court Suites. Resultó ser un hotel de los setenta (ochenta mirándolo con cariño), un poco venido a menos, pero con una ubicación espectacular y una pileta gigante con forma de L, la más grande que vi en un hotel que no sea all inclusive. Si lo que buscan es onda una onda lounge, olvídense de este hotel. Pero en cuanto a comodidades y espacio (más de 100 mts2 de habitación), no tiene comparación. Al llegar nos encontramos con una habitación en suite, con un living gigante, pero UNA sola cama. Gigante, sí, king-size, sí, pero una sola para los cuatro. Bajamos a Recepción, le explicamos a la tailandesa muy correcta y simpática, que habíamos reservado una habitación para cuatro personas, pero que encontramos una sola cama. Nos dijo que por camas adicionales había que pagar; el precio era una barbaridad, considerando lo que habíamos pagado por la habitación. La mujer sonreía, pero no nos daba ninguna explicación ni solución. Había un sofá en el living en el que podría dormir Joaco y dos silloncitos en los que se me ocurrió que juntándolos entraría Josefina. Le pedí si nos podría traer ropa de cama para armar dos camas más y me dijo que sí, y lo resolvimos así. Los chicos estuvieron cómodos, la suite era más de lo que precisábamos, una terraza espectacular con vista a las luces de Bangkok y una cocina completa, donde cenamos un par de veces a la noche.
Al día siguiente nos tomamos el sky train. Este tren aéreo que recorre una distancia considerable dentro de la ciudad, parece salido de otro lugar. Mientras abajo el tránsito es caótico, donde prima la ley del más fuerte o el más vivo, con taxis, autos, camiones, tuk tuks y hasta algún que otro elefante perdido, arriba la gente viaja como si viviera en Singapur, mientras conversa o juega con sus iphones, ipads o iphones nuevos o mira la tele en los plasmas dispuestos en las estaciones. En una de ellas vimos una publicidad de remedio para la tos. La mamá estaba un poco resfriada. Estaba en la cama y se despertaba con su propia tos. Al mismo tiempo se despertaban el padre, el hijo y la hija, porque estaban los cuatro durmiendo en la misma cama king! Empezamos a sospechar y después lo corroboramos con un taxista: en Tailandia, así como en Singapur y supongo que en varios lugares de Asia, es normal que los padres duerman con sus hijos hasta la pubertad! Sé que para muchas mamás argentinas este dato puede ser liberador, sin embargo recuerden que en estos países el promedio de hijos es de uno por matrimonio.
sábado, 26 de marzo de 2011
Universal Studios en la isla Sentosa
Sentosa es otro de los inventos singapurenses: una isla resort, convertida en polo turístico. Hay hoteles cinco estrellas, casino, golf, playas, cine 4D, acuario gigante, museo marítimo y lo que hizo imposible que no la visitemos, un Universal Studios recién inaugurado en abril del 2010.
Me doy cuenta de que mi familia se está convirtiendo en fan de los parques de diversiones desde el viaje a Disney... es una enfermedad, como me dijo Lizzie, pero pasaron dos años y no se me pasó!!
Es verdad que después de haber ido a los parques de Florida, este parque queda un poco chico, pero da para un día de subirse a todos los juegos, más de una vez si no hay mucha cola, es divertido y está muy bien puesto. Hay un juego espectacular que se llama: "The revenge of the mummy" o "La venganza de la momia". Es una combinación de montaña rusa tranqui con tren fantasma, diferentes temperaturas, oscuridad, sorpresa, un poco de todo, pero muy divertido.
Lo que también recomendaría sí o sí son las dos montañas rusas Galactica, que se entrecruzan, con lo cual uno ve de frente a un carrito que viene hacia uno... Remeda una batalla entre humanos y cyclons; me quedo con ser cyclon. La montaña rusa es impresionante, dejando el miedo a un costado, claro.
Los parques de diversiones son, valga la redundancia esta vez, divertidos, liberadores, emocionantes, pero como siempre, hay que dejarse llevar (como con la turbulencia del avión, lo repito!).
Nota para los celíacos: en este parque no tenían ni idea de lo que era una comida sin gluten.
Llegamos por la tarde a lo de Silvia, agotadísimos, pero contentos.
Marce y yo salimos a cenar con Sil y Oli a un restaurant con vista a la bahía, muy lindo, y los chicos se quedaron "durmiendo".
Al día siguiente por la tarde, después de sacarnos la foto para el "libro de oro de los Crespin", en el que figuramos todos los que fuimos recibidos en la casa de nuestros amigos (qué linda idea para tener a mano el recuerdo de tantos lindos momentos compartidos!), nos fuimos volando a Bangkok.
Nos quedó pendiente para otro viaje el "Night Safari", que parece que es otra de las más grandes atracciones de Singapur para disfrutar en familia.
Me doy cuenta de que mi familia se está convirtiendo en fan de los parques de diversiones desde el viaje a Disney... es una enfermedad, como me dijo Lizzie, pero pasaron dos años y no se me pasó!!
Es verdad que después de haber ido a los parques de Florida, este parque queda un poco chico, pero da para un día de subirse a todos los juegos, más de una vez si no hay mucha cola, es divertido y está muy bien puesto. Hay un juego espectacular que se llama: "The revenge of the mummy" o "La venganza de la momia". Es una combinación de montaña rusa tranqui con tren fantasma, diferentes temperaturas, oscuridad, sorpresa, un poco de todo, pero muy divertido.
Lo que también recomendaría sí o sí son las dos montañas rusas Galactica, que se entrecruzan, con lo cual uno ve de frente a un carrito que viene hacia uno... Remeda una batalla entre humanos y cyclons; me quedo con ser cyclon. La montaña rusa es impresionante, dejando el miedo a un costado, claro.
Los parques de diversiones son, valga la redundancia esta vez, divertidos, liberadores, emocionantes, pero como siempre, hay que dejarse llevar (como con la turbulencia del avión, lo repito!).
Nota para los celíacos: en este parque no tenían ni idea de lo que era una comida sin gluten.
Llegamos por la tarde a lo de Silvia, agotadísimos, pero contentos.
Marce y yo salimos a cenar con Sil y Oli a un restaurant con vista a la bahía, muy lindo, y los chicos se quedaron "durmiendo".
Al día siguiente por la tarde, después de sacarnos la foto para el "libro de oro de los Crespin", en el que figuramos todos los que fuimos recibidos en la casa de nuestros amigos (qué linda idea para tener a mano el recuerdo de tantos lindos momentos compartidos!), nos fuimos volando a Bangkok.
Nos quedó pendiente para otro viaje el "Night Safari", que parece que es otra de las más grandes atracciones de Singapur para disfrutar en familia.
jueves, 24 de marzo de 2011
Más Singapur
El domingo que estuvimos en Singapur, nos tiramos panza arriba, básicamente. Necesitábamos descansar. El cambio horario es fatal: 11 horas menos que en Buenos Aires. Nos despertamos los cuatro, cada cual por su lado a las 4 y después a las 6 de la mañana los dos primeros días, hasta acomodarnos. Nos juntamos en el living de nuestros amigos mirando el cielo, la pileta que está en el medio de la casa y los geckos, lagartijas chiquitas que caminan por el techo, pero inofensivas.
Por la mañana los chicos jugaron con los monopatines en la calle -algo que en casa no hacen solos por seguridad- Gaelle, Manon y Anais se fueron a una de las muchas Reservas Naturales que hay en la ciudad con el grupo de scouts, Olivier salió a correr y Marce y yo charlamos con Silvia, largo y tendido.
A la tarde acompañé a Silvia a buscar a las chicas a la Reserva, que resultó ser tan linda- un gran lago, barcos de remo y mucho verde- que lamenté no haber ido más temprano a pasear por allá. Mientras esperábamos, nos encontramos con unas familias de monitos que se descolgaban de rama en rama y nos observaban como si nosotros fuéramos los monos. Silvia nos previno de no mirarlos a los ojos, porque podían volverse agresivos y justo al rato vimos como un hombre que estaba obnubilado enfocando su cámara a un mono se pegó un susto bárbaro cuando el mono casi le salta encima.
Marcelo fue a pasear por la ciudad en el auto descapotable de Olivier. Parecían los dos salidos de Miami Vice!. Esta es la primera ciudad que conozco en la que valdría la pena tener un descapotable: muy difícil que te roben y el clima es soleado todo el año!
A la noche fuimos a dar una vuelta por el centro. Fue inolvidable ver la ciudad super iluminada, la bahía, los rascacirlos iluminados, incluído el famoso Marina Bay Sands. Son tres edificios con un gran barco (sí, leyeron bien, un barco) que abarca los tres, coronándolos. En el barco hay casino y la pileta infinito más grande del mundo en una terraza.
Por la mañana los chicos jugaron con los monopatines en la calle -algo que en casa no hacen solos por seguridad- Gaelle, Manon y Anais se fueron a una de las muchas Reservas Naturales que hay en la ciudad con el grupo de scouts, Olivier salió a correr y Marce y yo charlamos con Silvia, largo y tendido.
A la tarde acompañé a Silvia a buscar a las chicas a la Reserva, que resultó ser tan linda- un gran lago, barcos de remo y mucho verde- que lamenté no haber ido más temprano a pasear por allá. Mientras esperábamos, nos encontramos con unas familias de monitos que se descolgaban de rama en rama y nos observaban como si nosotros fuéramos los monos. Silvia nos previno de no mirarlos a los ojos, porque podían volverse agresivos y justo al rato vimos como un hombre que estaba obnubilado enfocando su cámara a un mono se pegó un susto bárbaro cuando el mono casi le salta encima.
Marcelo fue a pasear por la ciudad en el auto descapotable de Olivier. Parecían los dos salidos de Miami Vice!. Esta es la primera ciudad que conozco en la que valdría la pena tener un descapotable: muy difícil que te roben y el clima es soleado todo el año!
A la noche fuimos a dar una vuelta por el centro. Fue inolvidable ver la ciudad super iluminada, la bahía, los rascacirlos iluminados, incluído el famoso Marina Bay Sands. Son tres edificios con un gran barco (sí, leyeron bien, un barco) que abarca los tres, coronándolos. En el barco hay casino y la pileta infinito más grande del mundo en una terraza.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Estadía en Singapur, la niña mimada de Oriente.
Compartimos unos días inolvidables con los Crespinos en la isla-ciudad-estado de Singapur: el sábado fuimos a Little India, donde las chicas nos hicimos tatuajes de henna en las manos que nos quedó de recuerdo por casi dos semanas.
Visitamos un Templo hinduísta. Por supuesto, nos sacamos los zapatos antes de entrar y había menos olor a pata que en las mezquitas de Egipto pero un poco más que en los templos budistas que visitaríamos en Bangkok. Creo que lo que mata a Egipto en el ranking son las alfombras, me parece que retienen mucho la humedad. Fuera del chiste, el templo fue espectacular: con sus muchos altares, cada uno para un dios diferente, y ofrendas en forma de flores, sahumerios o velitas en portavelas de barro con manteca. Todos esos ritos que vimos de afuera, quedaron como un misterio inextricable para mí. Los colores, los perfumes de las velas y del curry de las comidas que comen con las manos ahí mismo, en el patio del templo, usando un papel marrón madera a modo de plato comenzaron a formar el caleidoscopio. El laberinto de gente que va y viene, la mirada profunda de esos hombres morenos vestidos con telas blancas enroscadas alrededor de sus partes íntimas (como diría mi sobri Sofi) presentando las ofrendas, todo eso quedó como un acertijo a resolver algún día.
Salimos de Little India y casi sin frontera, llegamos a Chinatown, un lugar más familiar para nosotros, gracias a su primo lejano del barrio de Belgrano. Vimos los típicos shop houses, con el negocio abajo y la vivienda arriba, uno al lado del otro, conformando unas calles con fachadas preciosas. Todo el barrio estaba decorado por el nuevo año chino, lleno de los típicos farolitos rojos, conejitos y otros personajes infantiles, que parece son lo más para los singapurenses chinos. Nos cuenta Silvia que les encantan los dibujos infantiles, hello kitty está hasta en la sopa. Muchos autos y hasta camiones ("se imaginan a BJ?", nos decía Sil) llevan cantidad de peluches como decoración en la luneta. Vimos varios, así como un auto con una publicidad curiosa: www.catchyourcheatingspouse.sg, lo que me hizo pensar en lo que se sale de control en una sociedad muy controlada. Porque el paraíso de Singapur tiene sus condiciones: nadie puede salirse de la norma, las leyes son muy estrictas, las penas, ejemplificadoras. Mi amiga, que ama Singapur, reconoce que no se puede hablar muy libremente, que las cosas son de una manera y punto, pero así es cómo las cosas funcionan. El sistema funciona de verdad. Y si no se vende chicle, es porque el chicle en el piso estropea las veredas (¿alguien se percató de las manchas que dejan los chicles en nuestras veredas recién hechas?). Y, sí, me suena draconiano que no se pueda comer un chicle, porque no se confía en que uno no lo va a tirar al piso, pero entiendo que la sociedad sea capaz de aceptar medidas individualmente penosas en pos del bien colectivo. Acá nos sería imposible. Esto es el extremo hacia el otro lado de la balanza. Cuando nos contaron la historia de una chica adolescente de buena familia que se había metido en drogas, a la cual los propios padres denunciaron y pasó dos años en una cárcel durmiendo en el piso, me pareció demasiado. No comparto, pero aún así, lo entiendo, poniéndome en sus zapatos.
En todas las publicidades en Singapur se ve un musulmán, un chino, un occidental y un indio, juntos con sonrisa de Colgate. Son los esfuerzos de la sociedad por lograr una convivencia armónica, interrelación de estos grupos humanos con costumbres tan diferentes entre sí. La mayor parte de la población vive en casas construidas por el Estado y hacen hincapié en juntar los grupos raciales para fomentar la mezcla, que es todavía bastante resistida por cada grupo.
Singapur es uno de los tigres del Sudeste Asiático, fue muy afectado por la crisis financiera asiática de 1997 y la del 2001 y se recuperó rápidamente gracias, en parte, a la decisión del gobierno de legalizar el juego y crear un polo turístico atractivo basado en casinos-hoteles en nuevas zonas de desarrollo, algunas con tierras ganadas al mar.
Singapur es así, se mueve todo el tiempo, pero lo que más me llamó la atención es ese "pensar y hacer" inseparables que tan bien nos vendría.
Otro lugar interesante para visitar es la zona de "black and white houses", antiguas casas coloniales británicas. Estas casas blancas y negras enormes están en el medio de la selva en el barrio de Mount Pleasant. Fueron ocupadas por comandos japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Estuvieron un tiempo abandonadas y ahora son nuevamente puestas en valor por expatriados que eligen vivir ahí. A los locales no les gusta para nada el barrio por la selva, algunos hasta dicen que están embrujadas, pero seguramente hay más probabilidad de encontrar víboras, termitas, murciélagos y monos, que fantasmas. Las casas se ven divinas desde afuera; construcciones inglesas envueltas en una selva tropical. (existe una paradoja mayor?).
También Sil nos hizo pasear por una zona de casas impresionantes, más al estilo Singapur local. En una nos mostró las ocho Ferraris rojas idénticas que tenía el dueño, estacionadas en el garaje abierto a la entrada de la casa. Había oído hablar de coleccionistas de autos, pero coleccionistas de autos idénticos? Este mundo está loco, loco. Si alguien se pregunta a qué se dedica este buen señor, les cuento que tiene puestos de "chicken rice", el pollo chino cocinado al modo singapurense, el nuevo plato preferido de Joaco. Tengo que buscar en youtube la forma de cocinarlo acá. Antes de viajar, había preparado unos rolls springs vietnamitas que hicieron furor en casa. Les recomiendo youtube para seguir recetas... ¡mucho más didáctico que seguirlas por escrito!
Visitamos un Templo hinduísta. Por supuesto, nos sacamos los zapatos antes de entrar y había menos olor a pata que en las mezquitas de Egipto pero un poco más que en los templos budistas que visitaríamos en Bangkok. Creo que lo que mata a Egipto en el ranking son las alfombras, me parece que retienen mucho la humedad. Fuera del chiste, el templo fue espectacular: con sus muchos altares, cada uno para un dios diferente, y ofrendas en forma de flores, sahumerios o velitas en portavelas de barro con manteca. Todos esos ritos que vimos de afuera, quedaron como un misterio inextricable para mí. Los colores, los perfumes de las velas y del curry de las comidas que comen con las manos ahí mismo, en el patio del templo, usando un papel marrón madera a modo de plato comenzaron a formar el caleidoscopio. El laberinto de gente que va y viene, la mirada profunda de esos hombres morenos vestidos con telas blancas enroscadas alrededor de sus partes íntimas (como diría mi sobri Sofi) presentando las ofrendas, todo eso quedó como un acertijo a resolver algún día.
Salimos de Little India y casi sin frontera, llegamos a Chinatown, un lugar más familiar para nosotros, gracias a su primo lejano del barrio de Belgrano. Vimos los típicos shop houses, con el negocio abajo y la vivienda arriba, uno al lado del otro, conformando unas calles con fachadas preciosas. Todo el barrio estaba decorado por el nuevo año chino, lleno de los típicos farolitos rojos, conejitos y otros personajes infantiles, que parece son lo más para los singapurenses chinos. Nos cuenta Silvia que les encantan los dibujos infantiles, hello kitty está hasta en la sopa. Muchos autos y hasta camiones ("se imaginan a BJ?", nos decía Sil) llevan cantidad de peluches como decoración en la luneta. Vimos varios, así como un auto con una publicidad curiosa: www.catchyourcheatingspouse.sg, lo que me hizo pensar en lo que se sale de control en una sociedad muy controlada. Porque el paraíso de Singapur tiene sus condiciones: nadie puede salirse de la norma, las leyes son muy estrictas, las penas, ejemplificadoras. Mi amiga, que ama Singapur, reconoce que no se puede hablar muy libremente, que las cosas son de una manera y punto, pero así es cómo las cosas funcionan. El sistema funciona de verdad. Y si no se vende chicle, es porque el chicle en el piso estropea las veredas (¿alguien se percató de las manchas que dejan los chicles en nuestras veredas recién hechas?). Y, sí, me suena draconiano que no se pueda comer un chicle, porque no se confía en que uno no lo va a tirar al piso, pero entiendo que la sociedad sea capaz de aceptar medidas individualmente penosas en pos del bien colectivo. Acá nos sería imposible. Esto es el extremo hacia el otro lado de la balanza. Cuando nos contaron la historia de una chica adolescente de buena familia que se había metido en drogas, a la cual los propios padres denunciaron y pasó dos años en una cárcel durmiendo en el piso, me pareció demasiado. No comparto, pero aún así, lo entiendo, poniéndome en sus zapatos.
En todas las publicidades en Singapur se ve un musulmán, un chino, un occidental y un indio, juntos con sonrisa de Colgate. Son los esfuerzos de la sociedad por lograr una convivencia armónica, interrelación de estos grupos humanos con costumbres tan diferentes entre sí. La mayor parte de la población vive en casas construidas por el Estado y hacen hincapié en juntar los grupos raciales para fomentar la mezcla, que es todavía bastante resistida por cada grupo.
Singapur es uno de los tigres del Sudeste Asiático, fue muy afectado por la crisis financiera asiática de 1997 y la del 2001 y se recuperó rápidamente gracias, en parte, a la decisión del gobierno de legalizar el juego y crear un polo turístico atractivo basado en casinos-hoteles en nuevas zonas de desarrollo, algunas con tierras ganadas al mar.
Singapur es así, se mueve todo el tiempo, pero lo que más me llamó la atención es ese "pensar y hacer" inseparables que tan bien nos vendría.
Otro lugar interesante para visitar es la zona de "black and white houses", antiguas casas coloniales británicas. Estas casas blancas y negras enormes están en el medio de la selva en el barrio de Mount Pleasant. Fueron ocupadas por comandos japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Estuvieron un tiempo abandonadas y ahora son nuevamente puestas en valor por expatriados que eligen vivir ahí. A los locales no les gusta para nada el barrio por la selva, algunos hasta dicen que están embrujadas, pero seguramente hay más probabilidad de encontrar víboras, termitas, murciélagos y monos, que fantasmas. Las casas se ven divinas desde afuera; construcciones inglesas envueltas en una selva tropical. (existe una paradoja mayor?).
También Sil nos hizo pasear por una zona de casas impresionantes, más al estilo Singapur local. En una nos mostró las ocho Ferraris rojas idénticas que tenía el dueño, estacionadas en el garaje abierto a la entrada de la casa. Había oído hablar de coleccionistas de autos, pero coleccionistas de autos idénticos? Este mundo está loco, loco. Si alguien se pregunta a qué se dedica este buen señor, les cuento que tiene puestos de "chicken rice", el pollo chino cocinado al modo singapurense, el nuevo plato preferido de Joaco. Tengo que buscar en youtube la forma de cocinarlo acá. Antes de viajar, había preparado unos rolls springs vietnamitas que hicieron furor en casa. Les recomiendo youtube para seguir recetas... ¡mucho más didáctico que seguirlas por escrito!
martes, 22 de marzo de 2011
Llegada a Singapur
Llegar al lejano Sudeste Asiático fue como llegar a casa, porque apenas sacamos las valijas y miramos a través de las puertas de vidrio del sector Arribos, encontramos a mi amiga Silvia, haciendo abanicos con los brazos, con ese no sé qué tan argentino. Nos dio un abrazo de oso a cada uno de los cuatro. El acento porteño que no perdió ni una "eye", a pesar de los más de diez años fuera del país, me cayó como un bálsamo después de los dos vuelos largos.
Mi amiga no para, como siempre desde que la conozco. Ya a nuestra llegada, nos llevó a dar una vuelta por la ciudad y nos sorprendimos francamente con una ciudad más rica y moderna que cualquier ciudad europea, tan en movimiento como la misma Berlín, tan cuidada en sus aspectos ciudadanos como Estocolmo y tan diferente a todo lo que habíamos conocido hasta ese momento. Ella y su familia nos contaron más sobre Singapur, su gente, la economía y la cultura de lo que podríamos haber aprendido como turistas quedándonos dos meses.
En Singapur hay mayoría de descendientes de chinos del Sur, pero también hay una importante parte de la población que es musulmana proveniente de Malasia y otra parte considerable de descendientes de la India, en su mayoría hindúes. También se notan, aunque en menor porcentaje, la creciente cantidad de occidentales, en su gran mayoría europeos, expatriados, que eligen a Singapur como su lugar en el mundo.
Dentro de este último grupo se ubica Silvia, casada con Olivier, un francés que vivió en Argentina y sabe hacer un rico asado (aunque sea a gas, jaja) y tres hijas divinas que, aunque nacieron en Singapur, son ciudadanas franco-argentinas.
Mi amiga no para, como siempre desde que la conozco. Ya a nuestra llegada, nos llevó a dar una vuelta por la ciudad y nos sorprendimos francamente con una ciudad más rica y moderna que cualquier ciudad europea, tan en movimiento como la misma Berlín, tan cuidada en sus aspectos ciudadanos como Estocolmo y tan diferente a todo lo que habíamos conocido hasta ese momento. Ella y su familia nos contaron más sobre Singapur, su gente, la economía y la cultura de lo que podríamos haber aprendido como turistas quedándonos dos meses.
En Singapur hay mayoría de descendientes de chinos del Sur, pero también hay una importante parte de la población que es musulmana proveniente de Malasia y otra parte considerable de descendientes de la India, en su mayoría hindúes. También se notan, aunque en menor porcentaje, la creciente cantidad de occidentales, en su gran mayoría europeos, expatriados, que eligen a Singapur como su lugar en el mundo.
Dentro de este último grupo se ubica Silvia, casada con Olivier, un francés que vivió en Argentina y sabe hacer un rico asado (aunque sea a gas, jaja) y tres hijas divinas que, aunque nacieron en Singapur, son ciudadanas franco-argentinas.
jueves, 10 de marzo de 2011
Stop en Londres (yapa para mis amigas dinosaurias como yo!)
Por primera vez viajando confirmados y con un menú libre de gluten a bordo reservado para Josefina y para mí, viajamos como pasajeros casi normales. (¡Gracias a Gastón por el mimo de Club y a Marcelo por la guitarreada a bordo!). Llegamos a Londres a la mañana y con las valijas directamente despachadas a Singapur, nos fuimos livianitos de equipaje al centro. Conviene esperar a las 9:30hs., cuando el Day Travel Card para recorrer la ciudad en tube y en bus sale mucho más económico. Cuando se viaja en familia, pagan dos adultos y los menores de 11 años no pagan... pídanlo en la boletería, ya que si se le pide el tkt a la máquina, esta cobra cuatro pasajes. A la vuelta, cuando tuvimos que dejar las valijas, nos tomamos un ómnibus gratuito al Arora (no el international, sino el que está frente al Compass), dejamos allá las ocho valijas y nos cobraron 5 libras por todo, en vez de las 8,50 por bulto que sale en Heathrow...
Pensábamos hacer el tour gratis por la ciudad que sale todos los días a las 11hs. desde Hyde Park Corner (http://www.newlondon-tours.com) de Sandeman's. Yo hice los de Berlín y Munich; fueron espectaculares. Si alguno llega a hacerlo, comente!.
Como llovía, hacía frío y nosotros no teníamos más que polares para abrigarnos (nos resistimos a llevar las camperas solo por un día a la ida y otro a la vuelta!), decidimos continuar con el subte hasta la querida Piccadilly Circus, sacar algunas fotitos de rigor que siempre sacamos en Londres, para comprobar una vez más cómo la estatua de Eros en Piccadilly, los leones de Trafalgar y el Big Ben al lado del Támesis siguen en su lugar, sin un rasguño ni modificación alguna, mientras los chicos que eran bebés la primera vez, continúan creciendo sin parar y Marce y yo ganamos un par de canas y algunas arrugas en cada foto.
Después de caminar bajo la lluvia un rato - en Londres hace tiempo descubrí el por qué de la frase: "que te garúe finito"- nos aventuramos al restaurant italiano con opciones sin gluten que había ganado tantas recomendaciones en la web: Cotto Restaurant... sí, ya sé que el nombre para un porteño no suena muy prometedor, asociado más a unas góndolas y promociones con tarjeta de crédito que a un espacio gourmet apto para celíacos, pero...
El restaurant está en plena City, muy bien ubicado cruzando el Támesis desde el Big Ben hacia el otro lado, caminando por Westminster Bridge Road, todo derecho (derecho londinense, porque hay más curvas que en una espiral, pero digamos que siguiendo por la misma calle), luego de cruzar un puente ferroviario, se sigue una cuadra larga más y al final de la esquina como quien encuentra la Meca, está COTTO. El dueño, un italiano muy simpático que se autodenomina "el rey de los celíacos", nos atendió como si fuéramos de su familia (de la realeza, quiero decir). Hay pastas con y sin gluten y unas pizzas ESPECTACULARES, también de los dos tipos. Los precios son normales, las pastas sin gluten un poco más caras, pero sin castigarte como en BUE. Los ñoquis sin gluten son un SUEÑO, tanto fue así que Josefina siguió soñando todas las vacaciones con esos ñoquis! Queríamos volver a la vuelta.... lamentablemente no pudo ser, porque los sábados y domingos el rey de los celíacos no trabaja... para tener en cuenta, Sil, si pasan por Londres.
Rellenitos y con el corazón contento, nos tomamos el primer ómnibus que vimos a la salida del restaurant y fuimos a South Kensington, al Science Museum, donde pasamos el resto de la tarde. El museo es interactivo, los chicos no pararon de tocar botones, se acordaron mucho del Museo de No tocar en Recoleta, pero elevado a la enésima potencia, claro. Les llamó la atención en especial un globo terráqueo que muestra diferentes aspectos geográficos del planeta, entre ellos, cuánta energía consume cada parte del mundo. Joaquín y Jose comentaban con caras de desaprobación: "cuánto usa Estados Unidos!"... serán los chicos de la generación xy?
Cansadísimos pero felices, nos tomamos el tube hasta Heathrow y embarcamos- nuevamente en economy, pero juntos y confirmados de antemano, camino a Singapur.
Pensábamos hacer el tour gratis por la ciudad que sale todos los días a las 11hs. desde Hyde Park Corner (http://www.newlondon-tours.com) de Sandeman's. Yo hice los de Berlín y Munich; fueron espectaculares. Si alguno llega a hacerlo, comente!.
Como llovía, hacía frío y nosotros no teníamos más que polares para abrigarnos (nos resistimos a llevar las camperas solo por un día a la ida y otro a la vuelta!), decidimos continuar con el subte hasta la querida Piccadilly Circus, sacar algunas fotitos de rigor que siempre sacamos en Londres, para comprobar una vez más cómo la estatua de Eros en Piccadilly, los leones de Trafalgar y el Big Ben al lado del Támesis siguen en su lugar, sin un rasguño ni modificación alguna, mientras los chicos que eran bebés la primera vez, continúan creciendo sin parar y Marce y yo ganamos un par de canas y algunas arrugas en cada foto.
Después de caminar bajo la lluvia un rato - en Londres hace tiempo descubrí el por qué de la frase: "que te garúe finito"- nos aventuramos al restaurant italiano con opciones sin gluten que había ganado tantas recomendaciones en la web: Cotto Restaurant... sí, ya sé que el nombre para un porteño no suena muy prometedor, asociado más a unas góndolas y promociones con tarjeta de crédito que a un espacio gourmet apto para celíacos, pero...
El restaurant está en plena City, muy bien ubicado cruzando el Támesis desde el Big Ben hacia el otro lado, caminando por Westminster Bridge Road, todo derecho (derecho londinense, porque hay más curvas que en una espiral, pero digamos que siguiendo por la misma calle), luego de cruzar un puente ferroviario, se sigue una cuadra larga más y al final de la esquina como quien encuentra la Meca, está COTTO. El dueño, un italiano muy simpático que se autodenomina "el rey de los celíacos", nos atendió como si fuéramos de su familia (de la realeza, quiero decir). Hay pastas con y sin gluten y unas pizzas ESPECTACULARES, también de los dos tipos. Los precios son normales, las pastas sin gluten un poco más caras, pero sin castigarte como en BUE. Los ñoquis sin gluten son un SUEÑO, tanto fue así que Josefina siguió soñando todas las vacaciones con esos ñoquis! Queríamos volver a la vuelta.... lamentablemente no pudo ser, porque los sábados y domingos el rey de los celíacos no trabaja... para tener en cuenta, Sil, si pasan por Londres.
Rellenitos y con el corazón contento, nos tomamos el primer ómnibus que vimos a la salida del restaurant y fuimos a South Kensington, al Science Museum, donde pasamos el resto de la tarde. El museo es interactivo, los chicos no pararon de tocar botones, se acordaron mucho del Museo de No tocar en Recoleta, pero elevado a la enésima potencia, claro. Les llamó la atención en especial un globo terráqueo que muestra diferentes aspectos geográficos del planeta, entre ellos, cuánta energía consume cada parte del mundo. Joaquín y Jose comentaban con caras de desaprobación: "cuánto usa Estados Unidos!"... serán los chicos de la generación xy?
Cansadísimos pero felices, nos tomamos el tube hasta Heathrow y embarcamos- nuevamente en economy, pero juntos y confirmados de antemano, camino a Singapur.
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