miércoles, 23 de marzo de 2011

Estadía en Singapur, la niña mimada de Oriente.

Compartimos unos días inolvidables con los Crespinos en la isla-ciudad-estado de Singapur: el sábado fuimos a Little India, donde las chicas nos hicimos tatuajes de henna en las manos que nos quedó de recuerdo por casi dos semanas.
Visitamos un Templo hinduísta. Por supuesto, nos sacamos los zapatos antes de entrar y había menos olor a pata que en las mezquitas de Egipto pero un poco más que en los templos budistas que visitaríamos en Bangkok. Creo que lo que mata a Egipto en el ranking son las alfombras, me parece que retienen mucho la humedad. Fuera del chiste, el templo fue espectacular: con sus muchos altares, cada uno para un dios diferente, y ofrendas en forma de flores, sahumerios o velitas en portavelas de barro con manteca. Todos esos ritos que vimos de afuera, quedaron como un misterio inextricable para mí. Los colores, los perfumes de las velas y del curry de las comidas que comen con las manos ahí mismo, en el patio del templo, usando un papel marrón madera a modo de plato comenzaron a formar el caleidoscopio. El laberinto de gente que va y viene, la mirada profunda de esos hombres morenos vestidos con telas blancas enroscadas alrededor de sus partes íntimas (como diría mi sobri Sofi) presentando las ofrendas, todo eso quedó como un acertijo a resolver algún día.
Salimos de Little India y casi sin frontera, llegamos a Chinatown, un lugar más familiar para nosotros, gracias a su primo lejano del barrio de Belgrano. Vimos los típicos shop houses, con el negocio abajo y la vivienda arriba, uno al lado del otro, conformando unas calles con fachadas preciosas. Todo el barrio estaba decorado por el nuevo año chino, lleno de los típicos farolitos rojos, conejitos y otros personajes infantiles, que parece son lo más para los singapurenses chinos. Nos cuenta Silvia que les encantan los dibujos infantiles, hello kitty está hasta en la sopa. Muchos autos y hasta camiones ("se imaginan a BJ?", nos decía Sil) llevan cantidad de peluches como decoración en la luneta. Vimos varios, así como un auto con una publicidad curiosa: www.catchyourcheatingspouse.sg, lo que me hizo pensar en lo que se sale de control en una sociedad muy controlada. Porque el paraíso de Singapur tiene sus condiciones: nadie puede salirse de la norma, las leyes son muy estrictas, las penas, ejemplificadoras. Mi amiga, que ama Singapur, reconoce que no se puede hablar muy libremente, que las cosas son de una manera y punto, pero así es cómo las cosas funcionan. El sistema funciona de verdad. Y si no se vende chicle, es porque el chicle en el piso estropea las veredas (¿alguien se percató de las manchas que dejan los chicles en nuestras veredas recién hechas?). Y, sí, me suena draconiano que no se pueda comer un chicle, porque no se confía en que uno no lo va a tirar al piso, pero entiendo que la sociedad sea capaz de aceptar medidas individualmente penosas en pos del bien colectivo. Acá nos sería imposible. Esto es el extremo hacia el otro lado de la balanza. Cuando nos contaron la historia de una chica adolescente de buena familia que se había metido en drogas, a la cual los propios padres denunciaron y pasó dos años en una cárcel durmiendo en el piso, me pareció demasiado. No comparto, pero aún así, lo entiendo, poniéndome en sus zapatos.
En todas las publicidades en Singapur se ve un musulmán, un chino, un occidental y un indio, juntos con sonrisa de Colgate. Son los esfuerzos de la sociedad por lograr una convivencia armónica, interrelación de estos grupos humanos con costumbres tan diferentes entre sí. La mayor parte de la población vive en casas construidas por el Estado y hacen hincapié en juntar los grupos raciales para fomentar la mezcla, que es todavía bastante resistida por cada grupo.
Singapur es uno de los tigres del Sudeste Asiático, fue muy afectado por la crisis financiera asiática de 1997 y la del 2001 y se recuperó rápidamente gracias, en parte, a la decisión del gobierno de legalizar el juego y crear un polo turístico atractivo basado en casinos-hoteles en nuevas zonas de desarrollo, algunas con tierras ganadas al mar.
Singapur es así, se mueve todo el tiempo, pero lo que más me llamó la atención es ese "pensar y hacer" inseparables que tan bien nos vendría.
Otro lugar interesante para visitar es la zona de "black and white houses", antiguas casas coloniales británicas. Estas casas blancas y negras enormes están en el medio de la selva en el barrio de Mount Pleasant. Fueron ocupadas por comandos japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Estuvieron un tiempo abandonadas y ahora son nuevamente puestas en valor por expatriados que eligen vivir ahí. A los locales no les gusta para nada el barrio por la selva, algunos hasta dicen que están embrujadas, pero seguramente hay más probabilidad de encontrar víboras, termitas, murciélagos y monos, que fantasmas. Las casas se ven divinas desde afuera; construcciones  inglesas envueltas en una selva tropical. (existe una paradoja mayor?).
También Sil nos hizo pasear por una zona de casas impresionantes, más al estilo Singapur local. En una nos mostró las ocho Ferraris rojas idénticas que tenía el dueño, estacionadas  en el garaje abierto a la entrada de la casa. Había oído hablar de coleccionistas de autos, pero coleccionistas de autos idénticos? Este mundo está loco, loco. Si alguien se pregunta a qué se dedica este buen señor, les cuento que tiene puestos de "chicken rice", el pollo chino cocinado al modo singapurense, el nuevo plato preferido de Joaco. Tengo que buscar en youtube la forma de cocinarlo acá. Antes de viajar, había preparado unos rolls springs vietnamitas que hicieron furor en casa. Les recomiendo youtube para seguir recetas... ¡mucho más didáctico que seguirlas por escrito!

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